La elefanta Pelusa Movilizó a distintos sectores, recibió cuidados intensivos y se transformó en uno de los símbolos que perdió La Plata. Tenía 52 años cuando nos dejó.

Hoy, 4 de junio, se cumple el primer aniversario del fallecimiento de Pelusa, la elefanta que vivió en el zoológico de La Plata y con la que crecieron millones de niños.

El animal había atravesado una dolorosa enfermedad y después de varios días de agonía fue sedada por los veterinarios para que encontrara una muerte menos dolorosa.

Pelusa, que tenía 52 años, estaba afectada por una patología que le impedía moverse normalmente y que la obligó a estar casi dos años y medio parada; de esa manera dormía y pasaba los días.

Pelusa se recostó un día y pese a que un equipo de expertos que implementó distintas estrategias médicas para estimularla y que volviera a ponerse de pie, nada se pudo hacer.

La salud de Pelusa fue empeorando hasta que tanto los especialistas internacionales como los profesionales del zoo platense determinaron que su situación sanitaria era “irreversible”. Entonces se decidió solicitar el accionar de la Justicia e intervino el fiscal especializado en causas de maltrato animal, Marcelo Romero y el juez de Garantías Juan Pablo Masi, quienes tenían abierto un expediente por una denuncia anterior de organizaciones defensoras de los derechos de los animales.

Funcionarios comunales autorizaron un pedido para “acelerar el deceso” del animal y de esa manera evitarle un mayor sufrimiento, se había constatado una importante disminución de los signos vitales y sus órganos no respondían como se esperaba. El procedimiento contempló la aplicación de un sedante que fue lo que le causó la muerte.

La salud de Pelusa era una cuestión que preocupaba a todos y además de los funcionarios judiciales se involucraron representantes de la Defensoría del Pueblo de la provincia de Buenos Aires, la Defensoría Ciudadana de La Plata y hasta se contactó a las autoridades de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de La Plata. Pelusa pasó sus últimas horas rodeada por sus cuidadores, ellos además de proporcionarle los cuidados que tendieran a darle el mayor bienestar posible, la cubrieron con mantas, entibiaron su ambiente y no dejaron de expresarle afecto con palabras y caricias.

El animal estaba en un proceso de tratamiento para un eventual traslado que no llegó a concretarse.

Hoy, los trabajadores del bioparque la recuerdan con un altar.